El hombre que pasaba. Beijing, Domingo 25 de Abril del 2009

De camino hacia el momento inaugural de ART BEIJING-PHOTO BEIJING 2009 “me he topado con un hombre que pasaba” (remake de un verso de poema urbano). Ante la valla publicitaria de la feria de arte contemporáneo, un obrero de casco amarillo se ha apeado de la bicicleta y mira ensimismado, perfectamente inmóvil, las imágenes que informan del evento.

Dirige su atención hacia arriba, con los pies en el suelo y la manos en el manillar, presto a continuar su ruta industrial.

Durante unos largos segundos, la figura parece un personaje de cartón piedra, una ficción, incluso un reclamo publicitario del acontecimiento artístico. Dudo y tomo la foto. Tras el objetivo, veo como el hombre que pasaba baja la vista, mira hacia adelante y a golpe de pedal se dirige hacia un lugar indeterminado que no es la entrada del recinto. Pedalea hacia muy lejos, a las antípodas del mundo que oferta la publicidad, más allá de ese acontecimiento temporal que es una feria y al otro extremo de donde residen sus visitantes. El hombre que pasaba me ha ofrecido una instantánea para repensar las imágenes que se acumulan en esta feria y pautar la experiencia de un corto viaje a la China para conocer su sistema del arte y sus producciones. Como el hombre que pasaba, yo también he mirado atentamente un reclamo comercial que es el arte contemporáneo en Beijing o Shangai, como el obrero he elegido mis puntos de atención y como el ciclista he abandonado el escenario para volver a mis quehaceres. He sido una figurante más en el mundanal teatro del arte y la sociedad del espectáculo.

Ya en el interior de la feria de arte de Beijing reconozco todos los clichés sociales y estéticos del mundo contemporáneo. Las imágenes y los lenguajes son cómodamente familiares, incluso las provocaciones se vuelven amables. Buena pintura, mucha fotografía, algo de escultura e instalación, escasos vídeos, también experiencias en 3D y vínculos con el mundo de la moda y la publicidad. Los artistas invitados grafitean una pared del recinto o improvisan actividades con los niños entre el ir y venir de galeristas, artistas, coleccionistas, periodistas y otros asiduos a tales acontecimientos sociales. El recinto es modesto en superficie, la inauguración discreta (cosa que se agradece), las galerías son de mercado asiático y los artistas responden a todas las tipologías de los lenguajes en curso. Nada diferente a otra feria comercial de arte contemporáneo. Este dato es una obviedad y a la vez un inocente desencanto, porque en el fondo el viajero siempre espera la sorpresa, la vernaculidad, la diferencia, lo exótico, un nuevo registro de debate, otra experiencia estética que se construya desde las distancias kilométricas o las profundidades históricas de una cultura milenaria como la china. Pero en este evento artístico también se oferta la misma estética occidental dominada por la producción y el valor del signo, referido en términos de Baudrillard, por la omnipresencia de los códigos en su respuesta a un único parámetro económico.

Percibo que en China, donde el sistema capitalista y el del arte contemporáneo está todavía en sus fases incipientes, el exceso de mercado se proyecta en su perfil más sensacionalista y, opino, menos crítico ¿Dónde está el pensamiento crítico independiente, el del artista y el del teórico? Esa estructura frágil que sustenta la arquitectura cultural. Y no me refiero al volumen o incidencia mediática de revistas o a la nómina de críticos profesionales (pocos en relación al número de artistas y de producción), no pienso en términos de literatura crítica sobre papel o en red, más bien en un marco de trabajo coproducido por artistas, críticos, instituciones, gestores culturales, universidades y público en el que el arte sea algo más que objeto de cotización en bolsa: una oportunidad para repensar la condición de sujeto y de comunidad.

El arte chino se vende a granel y en grandes superficies, es solo “arte”. Hay un registro comercial más allá del desasosiego crítico, diría que en franca oposición. El macro-lenguaje, vistos los formatos y el volumen de producción, es la marca del arte chino en general y esta contundencia elimina cualquier forma de pensamiento individual: el mercado determina el arte como el gobierno la comunidad y todo se reúne en una controlada artisticidad. Un pequeño ejemplo: entre los stands de esta feria, el espacio del Instituto Cervantes, con la colaboración del Festival Loop, reúne una selección de trabajos en vídeo, Visión:f(ición), que bajo la tutela del crítico Martí Peran presenta diez artistas vinculados al ámbito de habla hispana, de generación emergente pero itinerario consolidado. La idea de “ficción” organiza el programa, el vídeo se activa en su capacidad para generar discursos y narrativas, desplegando relatos de ficción incrustados en la realidad. Cada obra es autónoma y se condensa en una pantalla. Jaime Pitarch, Francisca Benítez, Jorge Satorre, Anna Malagrida, Jordi Cano, Carles Congost, Mateo Maté, Rubén Santiago, Regina José Galindo y Virginia García del Pino, son los artistas. Pero la diversidad de registros y narrativas se desdibuja en un espacio de diseño excesivamente teatral (ajeno a la lectura de las obras y la intención del curador), que no permite la serenidad requerida para atender unos dispositivos críticos que abordan temas y experiencias de crisis. El contenedor diluye el contenido, la puesta en escena desdibuja la narrativa, el impacto escénico silencia el “ruido secreto”.

Así es una feria de arte, en cualquier lugar del planeta y también en Beijing. Y esta experiencia de lo global se extrapola a otras visitas a espacios de arte, museos, galerías, talleres de artistas o centros de producción que tengo ocasión de conocer: el distrito artístico 798, el Iberia Centro de Arte Contemporánea, en centro de producción The Three Sadows, las residencias para artistas en Ku Art Center o en el distrito de Chaoyang, la galeria Continua o el UCCA, el Beijing Center for the Arts y el Today ArtMuseum (institución sin ánimo de lucro), entre otras derivas. También en Shanghai la visita al museo Mocca y las galerias en la zona de la Concesión Francesa o las del distrito artístico en Mogansham, me producen una misma sensación de interés líquido, sin fortaleza ética a pesar de su potencial. Hay mucho arte, pero poca cultura.

Pienso que la llamada crítica post-Mao en China, la de las revueltas de los años ochenta, sólo queda documentada en catálogos e imágenes ya de archivo; poco más. Los mismos artistas que la protagonizaron han sido elegidos por el sistema y ahora proyectan, junto a un gran equipo técnico de colaboradores, costosas producciones y nuevos eventos para las múltiples celebraciones del despertar chino al capitalismo: Gu Wenda, artista muy interesante en sus performances y acciones por la traslación de la caligrafía china hacia conceptos metalingüísticos, ahora produce enormes bloques pétreos casi imposibles de asumir y prepara la instalación de un monumental dragón rojo, farolillo chino, que cubrirá el puente de Shangai durante el próximo gran evento cultural. Dónde queda el discurso vinculado a la comunidad y a su historia quebrada? En galerías y talleres prácticamente no resuena el diálogo, solo Sotheby’s marca los puntos de inflexión del mercado del arte chino que en los últimos años se ha disparado hacia cotas siderales (ahora en recesión), en particular con obras de autores como Zhang Xiaogang, Yue Minjun, Cai Guoqiang o Liu Ye.

El resultado de los últimos cinco años de arte asiático, surgido de las bienales, los nuevos museos y tras eventos como los Juegos Olímpicos, es una industria de producción de clichés estéticos y comportamentales al uso, sin fronteras ni contextos. La citación, la apropiación, el remake o el détournement que observo en distintas pinturas, fotografías y videos no parecen técnicas artísticas y políticas, tras la ironía, sobre la imposición de los sintagmas occidentales, de las teorías y filosofías de modelos foráneos a la cultura oriental. Sospecho que no son una parodia que reutiliza o imita aquello que pretende satirizar (el arte contemporáneo en occidente), sino nuevos símbolos que se limitan a serializar con modelos de manierismo asiático. Los personajes pintados tienen rostro oriental, los paisajes son de un atlas del este y los iconos de la revolución, junto a las presencias caligráficas, definen la creación de una marca: arte chino contemporáneo. Mientras se sostenga esta burbuja económica, artistas y críticos no podrán sentarse a elaborar metodologías para repensar otra función y valor del arte en la sociedad.

Ahora el índice de referencia de los artistas chinos en el mercado de valores ha disminuido y la crisis económica borra la progresión alcista de las últimas temporadas. Tras la inflación, el sistema del arte asiático, igual que el occidental, deberá reorganizarse y quizás lo oportuno sea sentar a la mesa de debate a artistas, galeristas y críticos para sobrevivir no sólo al mercado y la liquididad sino a la superficialidad y el puro formalismo. El arte no puede existir sin la crítica, la creación es crítica y en China su potencial puede ser enorme.

En la calle de Beijing me he topado con un hombre que pasaba… Existe una responsabilidad para el arte contemporáneo, también en China: la de su propio discurso.

Pilar Bonet, “El hombre que pasaba. Beijing, domingo 25 de abril del 2009”. A*DESK, n41, 05-06-09