Fabio Mauri, el buen soldado

En el film de Grigorij Tchoukhrai La batalla de un soldado, un militar consigue permiso para abandonar el frente y en su viaje de vuelta a casa experimenta una intensa aventura donde se acorta de manera extraordinaria la percepción de la distancia entre la vida y la muerte. Un itinerario en la tierra de las maravillas, entre una naturaleza intacta, suspendida en el impasse de una historia de barbarie: la guerra. Una aventura secretamente feliz, una historia de amor adolescente. El viaje ha sido largo, la licencia termina, abraza a la madre y parte de nuevo. Como en la epístola de San Pablo a Timoteo, el joven soldado sabe que “ha luchado la buena batalla y está presto a morir”.

Para el artista y filósofo Fabio Mauri esta historia, relatada en numerosas ocasiones en sus escritos y entrevistas, es la metáfora del artista. El artista es “il buon soldato” –no es siempre bueno pero ejerce de conciencia, añade. Una figura analógica de la juventud, de la inocencia, del cuerpo capaz de ofrecer más soluciones que problemas a la vida. El cuerpo apto para confrontarse a la brutalidad de la historia, librando en su “construir el sentido” una batalla paralela a la realidad.

La poesía -el arte- sujeta el puente del pensamiento filosófico, es una actividad libre de realidad y verdad. Como la imagen del joven, de su añoranza de la inocencia, del peligro que asume en su misma fragilidad. Sobre esta cuestión es curioso observar como mi trabajo, desde las acciones e instalaciones de los setenta, interesa hoy a los jóvenes. Recientemente hay varias tesis de investigación sobre mi obra y creo que es normal, porque abordo temas que les afectan, tales como su propia nostalgia de la inocencia –la barbarie-, su desencanto, el anhelo por deconstruir el “gran sabero”… Las charlas con los estudiantes de bellas artes de Roma, donde imparto un curso sobre epistemología de la experiencia, han motivado en mis últimas obras una renovada atención por la cuestión de la vida y la responsabilidad ética del arte.

En su dilatada trayectoria como artista visual y escritor, la imagen de la juventud ha iconizado con frecuencia su consideración sobre la necesidad de una conciencia crítica frente a la gran historia de nuestro siglo. Para Mauri sólo es historia aquello que nos afecta de manera irreversible, que nos conmociona y marca como individuos y colectivo: joven es la muchacha desnuda sobre cuya espalda se proyecta el film Viva Zapata de Kazan en la performance Senza ideologia (1975), también lo es el estudiante de Che cosa è il fascismo (1993 ); igualmente los objetos reunidos en la instalación Ebrea persisten en la imagen de la joven judía en el holocausto, como en Dramophone (1976) cuando un joven canta su marcha revolucionaria víctima del fanatismo de las falsas ideologías.  Jóvenes son los protagonistas de la performance Che cosa è la filosofia (1989) –ajenos al filósofo Giacomo Marramao interpretando a Heidegger- y joven es también la prima Marcella –miliciana republicana- a quien Fabio Mauri dedica su primera exposición en España, presentada recientemente en la sala Montcada de la Fundación la Caixa de Barcelona: La meva cosina Marcella i la guerra civil.  La exposición forma parte del ciclo comisariado por Martí Peran, titulado A distancia –Domènec, Fabio Mauri, Joana Cera y Rirkrit Tiravanija-,  y nos propone un distanciamiento crítico que permita  la cohabitación entre artistas de diversas generaciones que comparten singulares registros de interactividad ante la tiranía de una sociedad racionalista, construyendo una alternativa a la falta de discurso teórico de los ochenta.

Fabio Mauri, nacido en Roma en 1926, legitima la juventud como paradigma de la fragilidad, de la cual el poder siempre hace un uso perverso conduciéndole, incluso, a la muerte.

Este individuo, cronológicamente inocente, me interesa, está en el final del ciclo de la infancia, vive en su corazón más que en su mente la perplejidad. Pero la invisible conciencia del poder le conduce hacia la catástrofe. ¿Cómo poner en guardia a un joven sin ponerlo en guardia, sin intimidarlo? ¿Cómo conseguirlo sin obligarlo a una neutralidad huérfana de sentido y de puntos cardinales?

 

Desde esta misma conciencia, el mundo y las ideas no son para el autor esferas separadas y su trabajo aboga no por la imaginación sino por lo que denomina “intuición de la vida”.

El arte no es un enigma, es la complejidad de la verdad. Lope de Vega, Leopardi, Cervantes nos ejemplifican como la vida es una única narración.

El trabajo de Mauri, uno de los artistas más relevantes del casi clandestino arte conceptual de los setenta en Roma -en plena década del internacional povera del norte-, se centra en el análisis crítico de los autoritarismos políticos e ideológicos que han marcado la historia de Europa y la clave de lectura es siempre su propia biografía –la memoria responsable-. El artista excava en sus recuerdos hasta modelarlos como una evocación de la historia colectiva, una estrategia de dilatación histórica que permite reinsertar en el presente el tiempo político y reanudar así una lectura crítica que dinamice el giro circular de la conciencia del extraviado ser contemporáneo y su mismo desasosiego. Pero a pesar de su primera apariencia, el arte de Fabio Mauri no es un arte político en el sentido militante, no se trata de un intelectual orgánico al servicio de una causa, sino de una disidencia humanista. El artista nunca habla sobre aquello que no ha experimentado personalmente, que ha vivido en su propio conocimiento físico.

La vida es una gran experiencia, ahora la vejez me obliga más que nunca a revisitar todo aquello que he vivido. Una edad que no significa decadencia, al contrario, me permite vivir una juventud sin tiempo que me capacita para decir la verdad de mi abrupta confrontación con la historia. La vejez enfatiza el amor por la vida.

En la vida y la obra de Fabio Mauri hay una única premisa: encadenar los interrogantes hasta devenir en su mismo tránsito estético de obras de arte una conciencia crítica que invita al espectador a una acción mental, autodefensa frente un tiempo dominado por una perversa Mentira. Él sabe que el buen soldado no puede salvaguardase, aunque esté armado. El pensamiento es la mira del arma y apunta hacia un sentido de la idea de individuo. Si existe la posibilidad de la defensa legítima ésta reside en seguir reorganizando la memoria más allá de los prejuicios y los juicios, trabajando sin improvisar.

Pienso mucho antes de realizar una obra, hasta que entiendo cómo hacerla, sé que el pensamiento es igualmente una cosa frágil, como la juventud. El arte tiene la posibilidad de crear cosas, en su sentido más físico, objetos que pueden dejar de ser y retornarnos a la comprensión, a la conciencia. Me satisface la posibilidad de hacer cosas, creo en la sacralidad del “laboro” del artista, no del artesano. El artista es el filósofo en su dimensión ontológica –siempre he detestado el pragmatismo, su limitación- que, como el buen soldado, ocupa territorio avanzando aunque sabe que su acción no es una gran teoría del universo. ¿Un idealista? Si y  no, mejor un “sentimental del mundo”. Creo en la intuición, hasta los matemáticos reconocen sus posibilidades.

Aprovechando temas propios del mundo del arte Mauri construye una poética personal que le permite organizar la memoria y tocar el fondo de las buenas pasiones –“capire el senso”- aunque la respuesta sea indefectiblemente abierta e hipotética.

La vida es un proyecto y la muerte es la clausura impropia, la muerte es un no proyecto. Pero ello no significa que mi discurso sea pesimista, al contrario, es la conciencia la que experimenta la existencia. La belleza para mi es el amor por la vida, la pasión por la verdad pero no la autosatisfacción. Creo que es preciso conservar las cosas que puedes entender, procuro comprender aquello que digo en mi obra –en mis primeros trabajos pictóricos, en las performances y proyecciones cinematográficas-, prospecciono su sentido, el sentido que tiene aquello que digo… Y, así,  la autobiografía deviene una teoría.

En los trabajos de este autor se recontextualizan, a la manera de laboratorio, situaciones de poder que inducen, tras la negación de la libertad, a la ablación total de la imaginación y por ello reclama constantemente la propia experiencia existencial, con el fin de poder desimbolizar a partir del arte, ya que la vida es en si misma el gran símbolo.

En una constante acción contra todo lo políticamente correcto, Mauri convoca el pasado como estrategia expiatoria en cada una de sus reapariciones. Al rescatar un episodio histórico el artista nos obliga a pensar que no es desde el olvido como podemos construir el futuro, sino en los bordes de las heridas que nos constituyen como aquello que somos: la repulsa política de los múltiples de la acción Vomitare sulla Grecia (1972) o el performance televisivo Il televisore che piange (1972) en el que aparece uno de los símbolos lingüísticos más reiterados de Mauri y concluyentes de su pasión cinematográfica: The End ; el holocasto judío de Ebrea en la Biennale de Venecia de 1993, el nazismo escenografiado en múltiples performances y acciones, o la heroica gesta republicana en la contienda española, son muestras de la especificidad de su reconstrucción de la memoria como intelectual y artista.                                                                                En la performance Natura e cultura (1993) una joven vestida con los símbolos fascistas, de pie, va despojándose de la ropa hasta mostrar en su gradual desnudez una inocencia simbólica en el que el único documento de realidad y certeza es la idea de naturaleza más allá del hábito de una cultura de la época. Así, premanipulando la propia manipulación, Mauri desvela el mecanismo ideológico.

El lenguaje y la guerra (Linguaggio è guerra) dieron título al libro editado por Massimo Marani en Roma el 1975 donde el artista recopila imágenes de la gran contienda mundial que marcó su juventud y su destino, el estigma de una generación. Una grandísima guerra que los medios de comunicación mostraron como si se tratara de un montaje y que conmocionó al artista. En 1945, tras los efectos bélicos, Mauri vivió una profunda crisis que le recluye en un centro psiquiátrico donde recibirá más de treinta sesiones de electroshock, curas de sueño y otras tantas prescripciones clínicas expiatorias de su mutismo, de su dolorosa ansiedad interior.  Posteriormente el arte, primero una pintura semi figurativa y finalmente densa y expresionista, luego más cercano a la objetualidad del pop y los registros conceptuales, le guiarán hacia un nuevo combate junto a compañeros –artistas, historiadores y críticos- como Fontana, Argan, Dorfles, Calvesi, Kounellis, Eco y, en especial, Pasolini. El director cinematográfico italiano, al igual que Mauri, sabe ahondar en su propia biografía para construir la historia y activar nuevos registros de conciencia social.

La buena batalla es la expresión ontológica del lenguaje. El lenguaje inventa el lenguaje. Pasolini me hizo comprender la naturaleza potencial del lenguaje, la estrategia de reducir el yo a una mera funcionalidad capaz de verificar continuamente todo.

La extensa biografía creativa de Mauri incluye, junto a exposiciones, acciones, performances, libros de artista, proyectos editoriales y conferencias, diversos films y proyecciones –la proyección sobre la camisa blanca de Pasolini en Intellectuale (1975) es paradigmática-, “operas” que suturan un itinerario donde la pasión y la conciencia se dinamizan al interior de la historia, a la saga de su mensaje prohibido.

Sus instalaciones, como en el caso de su presentación en Barcelona con La meva cosina Marcella i la guerra civil,  son siempre densas. En un mismo espacio cohabitan diversos registros que crean un saturado ambiente polifónico que impele al espectador a situarse en una realidad, en una situación, en este caso, por ejemplo, de guerra, en la que el estruendo del bombardeo martillea las duras superficies de acero en las que se disponen objetos y enseres, emblemas y recuerdos de un mundo físico y mental contingente de una situación de crisis.  Lúcido e irónico -en palabras de Gillo Dorfles-, Mauri trabaja el collage gráfico y literario guiado por su pasión por el elemento teatral en una progresiva elaboración figurativa que pervive en su constante interés por el fenómeno de la visión en sus coordenadas más psicológicamente intensas. La luz de las proyecciones actúa como una luminaria solidificada y la cámara del proyector aparece como la testa de una figura antropomórfica, una objetualización propia de nuestro tiempo que el artista reutiliza como virtualidad fenomenológica desde su misma tangibilidad.

En su obra, en sus escritos, Fabio Mauri nos muestra el lado mítico de una situación “ordinaria” activando la reflexión y el cuestionamiento sobre la historia y la memoria, legitimando el arte como una participación activa en el mundo con el fin de seguir caracterizando un discurso crítico que erosione los márgenes de una cultura dominante y hegemónica.

Trabajo siempre, me gusta mesurarme ante situaciones y gentes diversas, es muy interesante. No me preocupan las estrategias de promoción del artista, nunca he buscado una exposición, hago siempre aquello que quiero. Ahora, la convivencia con los jóvenes me interesa especialmente, por ejemplo participar en una muestra en Bolonia titulada “Nuevas expresiones de los jóvenes”. ¡Es fantástico!

La actitud  artística y ética de Fabio Mauri, desarrollada a partir de los setenta, enlaza con la recuperación del impulso de libertad del arte a finales de nuestro siglo, tejiendo una trama que opta por deshacerse del peso institucional -o bien habilitando tácticas para subvertirlo- con el fin de mantener el arte como un contrapoder crítico. La voluntad política del arte sigue ofreciendo miradas alternativas a nuestro entorno y su historia. Fabio Mauri  es el testimonio de una opción moral: aceptar que cuando hablamos de arte político nos referimos a la asunción de una responsabilidad histórica, de una toma de conciencia del individuo contemporáneo.

Pilar Bonet

Artículo revista Lápiz